Carmilla: Mircalla: Millarca: una leyenda  

Balbuceado por Sebastián Beringheli


Carmilla: Mircalla: Millarca, una leyenda.

No es novedad que el cine y la literatura utilicen algunos matices de la leyenda para dar consistencia psicológica a sus creaciones. Ahora bien, la diferencia entre los grandes autores y los embalsamadores narrativos consiste en que los primeros se valen de la leyenda y los segundos la violentan. Así de simple.

Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873) creó a la vampiresa lésbica por excelencia, Carmilla (Carmilla, 1872); de quien se desprende una hueste interminable de adorables feministas hematófagas. Siendo un autor con sensibilidad mitológica, Le Fanu aprovechó algunas leyendas que pocos han sabido interpretar.

A lo largo del relato somos testigos de las inquietantes correrías nocturnas de Carmilla, tal vez confundidos por la proliferación de nombres similares que emergen y se silencian a medida que la trama adquiere consistencia. Sheridan Le Fanu, acaso para despistar, utiliza tres nombres: Carmilla, Mircalla y Millarca. Los tres responden a características diferentes, pero todos coinciden en sus letras. Vemos porqué.

El lector moderno, habituado a los artificios literarios, rápidamente advierte que Carmilla, Mircalla y Millarca son la misma mujer. ¿Por qué Le Fanu no buscó una alternativa más compleja que este sencillo anagrama? Respuesta: porque la leyenda se lo imponía.

La estructura de Carmilla se vale de las leyendas de vampiros de un modo casi imperceptible. Sólo los detalles menores nos hablan del profundo conocimiento de Le Fanu sobre las tradiciones populares. Esta utilización del motivo mítico también sujeta al autor a sus rasgos menos deseables, como queda claro al observar la construcción de esta tríada de vampiresas.

Durante la edad media se pensaba que los vampiros no estaban libres de ciertas reglas. Su condición de revenants no los resguardaba de severas normas de comportamiento. Una de ellas menciona que ningún vampiro puede cambiar las letras de su nombre. Pueden, en cambio, alternar los símbolos que lo componen.

No entraremos aquí a detallar el hondo arraigo del tabú de los nombres propios. Tanto la Cábala como la mitología observan que el significado y el significante son, en esencia, lo mismo. La palabra que designa un objeto, o una persona, no son diferentes de ese objeto y esa persona; de modo que la posesión de un nombre lleva aparejada la posesión de lo nombrado.

Para dar una idea de la fuerza que tiene esta concepción del nombre y la cosa nombrada nos aprovecharemos de los primeros versos del poema El Golem, de Jorge Luis Borges:


Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.



Los demonios, por ejemplo (siempre dentro del marco de creencias medievales) sólo pueden ser expulsados una vez que el exorcista los obliga a decir sus nombres. Los ejemplos de este tipo son innumerables. Refiriéndonos puntualmente a los vampiros, vale aclarar que su existencia -narrativa y mítica- no es un don, sino una maldición; y como tal también las reglas que los sostienen necesariamente son restrictivas.

Un vampiro sólo puede construir su nueva identidad valiéndose de las letras de su verdadero nombre. Así lo quiere la leyenda y así lo ha recogido el diligente Le Fanu en su cuento más venturoso. La razón es simple: los vampiros están condenados, pero no son esclavos de esa condena: saben que revelar sus nombres es revelar el misterio contenido en ese orden alfabético, de modo que, sin quebrar el tabú, se valen de ligeras alternancias fonéticas para ocultar su verdadera personalidad de ultratumba. Un mecanismo análogo se da en la Cábala, con la excepción que Dios posée todas las letras del alfabeto celeste, razón por la que su verdadero nombre es impronunciable.



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