Ama de incontables microbios  

Balbuceado por Atenea Helenaus


Ama de incontables microbios.
De una revelación a través del sexo virtual.


Sacando algunas ocasiones puntuales, el sexo virtual nunca me pareció un plan apetecible.

Será que no tiene previa, y si la tiene ésta corre por lugares muy poco estimulantes, como el intercambio de datos y anécdotas que a nadie le interesan, y que en general son compartidas sólo cuando invitan al otro a formarse una idea bastante precaria de lo que realmente somos. O quizás porque soy una mujer totalmente auditiva, nula visualmente, a quien le calienta muchísimo más lo que se dice (y cómo se lo dice) que ver directamente lo que se nos ofrece gernerosamente del otro lado de la cámara.

Tuve mis épocas, claro, en las que no desdeñaba una sesión de webcam a nadie que me lo solicitara, en particular durante mi primera etapa como colaboradora de El Espejo Gótico, y hasta me animé con regularidad a experientar esto del sexo virtual, siempre con resultados deplorables.

Entonces decidí divertirme.

Como todas ustedes saben (y todos también) ocho de cada diez desconocidos, o semidesconocidos, que nos piden cam, lo hacen sólo con la esperanza profética de que lograrán tener sexo virtual con nosotras, o, como anota una amiga, "que nos pondremos en pelotas únicamente con mirarlos". Aprovechando este porcentaje de todo corte y confección, las oportunidades de divertirse a costa del otro, y de su fé inquebrantable en que algún día una mina les dirá que sí, elaboré una especie de experimento de campo.

Por aquella época era una despótica moderadora de la sala de chat de El Espejo Gótico, sitio que atraía las personalidades más disímiles, desde el tipo cálido e intelectual hasta el imbécil sociópata que confunde una literatura con un modo de vida; como si se pudiese "ser gótico" en todo momento, incluso cuando lavamos la ropa o nos higienizamos el culo.

Comencé a agregar a muchos usuarios de la sala, tanto hombres como mujeres, y con muchos de éstos inicié sesiones de webcam que terminaban en inevitables ruegos y propuestas infantiles.

Hasta que lo conocí a él.

Lo había conocido de pasada de oídas en una de ésas primeras (y últimas) tertulias que organizábamos en El Espejo Gótico en 2005, hasta que Aelfwine, acusando cierto hastío por lo monocorde de los tópicos planteados, decidió ausentarse de forma permanente. Cuando me lo mencionaron me formé la idea de un tipo desagradable, como si algo en su nick lo delatasen en alguna fibra íntima. A pesar de esto, y haciendo gala de una cortesía poco habitual en mí, lo agregué a mi correo personal, y en pocos días ya nos habíamos habituado a hablar largo y tendido hasta la madrugada.

Pronto me vi envuelta en una intrigaba, un deseo obsesivo comenzó a apoderarse de mi, quizás porque el caballero en cuestión rehuía cualquier compromiso visual, negándose sistemáticamente a poner su webcam. Con la intención de seducirlo, o de apelar a su sentido práctico, coloqué mi webcam en varias ocasiones, creyendo que eso lo obligaría, eventualmente, a hacer lo mismo.

Pero las sesiones de chat se sucedieron sin que pueda verlo. Comencé a dudar de mi juicio inicial, y lo doté de virtudes invisibles. De tipo regular y chato pasé a pensarlo como un hombre irrechazable. Adoraba que me viese en secreto, sin saber lo que hacía en los silencios entre frase y frase, imaginándolo en una habitación en penumbras, decorada modestamente, acaso con manchas de humedad y moho, desnudo, solo, con los ojos llenos de mis tetas.

Pasaron semanas enteras sin que me permitiera verlo, semanas en las que coloqué mi webcam a su disposición concediéndole toda clase de deseos. A veces me pedía que me olvide de él y que me mueva en mi cuarto como si nadie me estuviese observando. Lo hice, con afectada teatralidad, me desvestí más de lo aconsejable, deambulé semidesnuda, dormí ante sus ojos, me desperté con la mirada perpleja y atenta a cualquier cambio en su estado, corri hacia el teclado como una esclava sólo para preguntarle: "¿Estás?", suspirando de placer cuando estaba y murmurando desdichas si obtenía un silencio como respuesta.

Le ofrecí mi cuerpo a un lente óptico, ensayé toda clase de posiciones para estimularlo, disfruté al saberme puta y deseada por un idiota, sentí mi ropa íntima humedecerse ante la simple idea de que del otro lado había un par de ojos inmensos contemplándome, y evité la compañía de otros seres que podían ofrecerme un placer mucho más concreto y terrenal con una sola llamada telefónica...

Las semanas se sucedieron como un sueño. Mi obsesión era tal que bastaba su presencia online para sentirme excitada. Hasta que una noche, cuando cansada por el parpadeo constante de aquel viejo monitor, ví sobre la pantalla una invitación a aceptar una videollamada.

Tuve miedo.

Mejor dicho, tuve pánico; un pánico perfecto, absoluto, puro y sincero como el latido terrible de mi sexo clamando por ser penetrado por alguien real.

Temblando, acepté la invitación...

Los segundos hasta que la videollamada se concretó me parecieron interminables, dignos de una relatividad que hasta entonces sólo me parecía teórica. De repente, la pantalla me mostró una habitación apenas iluminada, un fondo oscuro de paredes despejadas de imágenes, una mesa de luz, un velador de luz amortiguada, una cama parcial y desordenada, y un rostro hecho de muchos otros, todos imaginarios, que me observaba desde el otro lado con una sonrisa maliciosa en los labios.

Con un gesto, me indicó que me coloque los auriculares.

-Decime que sos mi puta... -escuché.
-Soy tu puta.
-¿Sos mía?
-Soy tuya.
-¿Sólo mía?
-Toda tuya.
-Desnudate.

Llena de regocijo, comencé a hacer lo que se me ordenaba. Mi actitud sumisa, debo confesarlo, me asqueaba, y en ese asco residía una excitación inclasificable.

-Ahora vos... -le pedí.
-No puedo, Ate.
-¿Por qué?

Me miró con sus ojos grandes y vacíos.

-Porque entonces dejarías de desearme.

Le juré que no, que seguiría hablando con él por toda la eternidad, que ningún otro cuerpo, ni siquiera el de mi amor imposible, lograría arrancarme de sus órdenes.

-Está bien. -aceptó él.

Se desnudó tímidamente, como apenado por su cuerpo escuálido.

Le pedí que se ponga de pie, que se quitara los pantalones, y luego la ropa interior. Le ordené que avance y retroceda, que se masturbe, primero lentamente y luego más rápido. Sus ojos se llenaron de pavor, de horror ante lo implacable de mis directivas. Me burlé de su sexo flácido, aniñado, de su torso adolescente, lampiño, hasta que finalmente le ordené que eyaculara sobre el teclado.

-Decime que sos mi puta.. -dije.
-Soy tu puta. -respondió llorando.

Ví un chorro seminal casi imperceptible fluyendo entre sus dedos, y luego una expresión de espanto, de horror inevitable y antiguo corriendo hacia sus ojos. Cuando intentó estirar una mano hacia el escritorio, sin dudas para alcanzar algo con que limpiarse, lo detuve con un gesto.

-Quiero que lo tragues... -dije.

Me miró, absorto, y luego de un instante de duda se llevó los dedos a los labios y lamió hasta la última gota de su polución.

Recién ahí, cuando ví a mi Amo sometido por completo ante mis deseos, alcancé un orgasmo, quizás porque finalmente había descubierto la naturaleza de mi excitación. Debí probarme la ropa del esclavo para reconocerme como lo que realmente soy: Ama de incontables microbios y esclava de un Dios cuyo nombre no me atrevo a confesar.

Atenea Helenaus.




El relato: Ama de incontables microbios (Del sexo virtual) fue realizado por Los Otros Vampiros. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com o ateneahelenaus@gmail.com

2 comentarios

Anónimo  

Me ha faciinado la forma en la q utilizas tus palabras bordando la elegancia sin perder la pasion misma del relato muy bueno te felicito

23 de abril de 2012 13:59
Anónimo  

Hay un momento en que sentimos sentirnos deseados, pero para llegar a una verdadera exitacion es absurdo todo esto... Es oncreible hasta donde llega la gente loca ...

23 de abril de 2012 15:40

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