No me gusta Facebook. Me parece embotador, narcótico, como una de esas cosas sin sentido que nos invitan a abandonar nuestros pensamientos en pos de banalidades tales como la fotografía nueva de un amigo o la actualización emocional de un alguien cualquiera, como si los estados emocionales pudiesen ser cambiados radicalmente con un solo click.
No me gusta Facebook, y, al igual que muchos, lo uso sin saber bien por qué, o mejor dicho, sabiendo perfectamente por qué pero sin que esto llegue a convencerme.
Para ser sincera, hace relativamente poco que abrí mi perfil, y casi no lo toco, salvo para subir algún link o conversar con gente verdaderamente interesante por mensajes privados. Fué en ese ámbito -en el epistolario supuestamente "privado" que nos ofrece Facebook- donde conocí a un hombre muy peculiar.
Su nombre y su nick serán disimulados coquetamente.
Hace unos días subí un link con un cuentito mío a mi muro de Facebook y el grupo de El Espejo Gótico. Recibí buenos augurios de parte de algunos, críticas razonables y de las otras, y un sinfín de invitaciones de toda clase, casi todas prometían que podría cumplir cualquier fantasía que desease si los agregaba, estando ellos dispuestos a hacer de mí la mujer mejor cogida de Facebook.
Uno de estos mensajes privados me intrigó.
Provenía de un tal Marcial, de ubicación desconocida, que me advertía sobre los peligros de divulgar información sobre vampiros, ya que éstos -señaló- están al tanto de todo cuanto se escribe sobre ellos.
Le pregunté como podía afirmar semejante cosa, y me respondió que lo sabía porque él mismo era un vampiro.
Visité su perfil.
No tenía fotos personales ni de ninguna clase. Su muro estaba completamente desolado, aunque en su lista de amigos figuraban nombres intraducibles, fotos sugerentes, paisajes desconocidos, etc.
"Ok -me dije con menos ampulosidad-, nunca hay que desechar una pista, por ilusoria y absurda que pueda parecer en un primer momento".
Además, recién llegaba a casa tras un viaje agotador en colectivo -y subterráneo- de manera que me encontraba en un estado en el que cualquier cosa que se salga de lo cotidiano me parecía apetecible; en especial cuando el retorno es menos agradable que el lugar de donde se viene, en este caso, del lecho de un amante anónimo.
A continuación, le respondí que estaba dispuesta a aceptar que era un vampiro siempre que fuese capaz de demostrármelo de alguna forma.
Me preguntó cómo podría hacerlo a la distancia, y volví a responderle que con una sola conversación por chat yo podría dilucidar fácilmente si era o no un inmortal o un imbécil patológico.
Pensé que se echaría atrás, pero no lo hizo.
Concretamos encontrarnos en el chat de Facebook a la medianoche.
Poco antes de la hora señalada, me acerqué a mi computadora con una taza de té, dispuesta a divertirme a costa de la credulidad de mi vampiro. La charla comenzó puntualmente. A continuación trascribo lo más interesante.
Atenea: ¿Puedo verte por cam?
Marcial: Ningún lente óptico puede captarme.
A: Ok, es cierto. Decime tu nombre real.
M: No lo recuerdo. Sé que fui soldado, por eso utilizo el nombre "Marcial".
A: ¿No recordás tu vida de humano?
M: Muy poco. Sólo que una mujer me traicionó.
A: ¿Hace mucho?
M: Un par de horas.
A: O sea que hasta hoy a la mañana eras humano.
M: Si.
A: ¿Quién te transformó?
M: Un anciano ciego, a causa de la misma mujer que me traicionó.
A: ¿Tu esposa? ¿Novia?
M: No nos conocíamos formalmente.
A: ¿Y cómo puede ser que te haya traicionado una desconocida? La traición requiere una sóla cosa: confianza previa.
M: No lo recuerdo.
A: ¿Tampoco recordás su nombre?
M: Tampoco.
A: ¿Cómo se conocieron? Informalmente, claro.
M: Sólo sé que volvía del cuartel en el subterráneo. Éramos solo tres personas en el vagón: yo, una joven atractiva y un anciano ciego que tocaba la armónica. La chica se puso de pie. Era muy blanca y llevaba gafas oscuras. Con sólo verla supe que la amaba, y que la amaría eternamente. Pero no me animé a descender con ella. Cuando me puse de pie para decirle algo se quitó las gafas y me miró con furia, como si el solo intento de acercarme la ofendiese. Volvía mi asiento y ella se bajó. La ví caminar por el andén, y me juré a mi mismo que sería mía.
A: Seguí, por favor.
M: No hay mucho más para contar. El anciano ciego se me acercó y me prometió que todos mis deseos se cumplirían si le daba unas monedas por su melodía. Lo hice, más que nada para sacármelo de encima y pensar en ella con tranquilidad. Ni bien deposité las monedas en su bolsillo me dijo: "Tu deseo es amar a esa muchacha eternamente. Que así sea". Y aquí estoy, condenado a vagar por siempre con un sólo deseo en el corazón.
A: ¿Y dónde pensás encontrarla?
M: Ya la encontré. Olía a rosas y a sexo.
A: ¿Pensás convertirla?
M: No. Pienso matarla. Un sólo día de eternidad es suficiente. El amor se hace de a ratos. Quien ama por siempre no merece amar.
A: ¿Cómo pensás matarla?
M: De a poco. Cuando ella crea que toda esta charla es un sueño y finalmente se atreva a mirar hacia atrás...
Trascribo esto con la seguridad de que no he muerto y que detrás mío apenas hay una sombra que se diluyó misteriosamente.
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- Ama de incontables microbios.
- Si. Tuve sexo en un cementerio.
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