Ese amor que no fue.
Tratando de poner distancia con el alboroto de casa me recluí a estudiar en un bar. Creo que todos lo hemos hecho: encerrarnos en un lugar bullicioso, con ruidos que por distintos a los que normalmente oímos se nos vuelven imperceptibles.
El sofismo y la historia de la filosofía nunca fueron mis puntos fuertes, acedémicamente hablando, y a menudo se volvían disparadores de fantasías elaboradas -o no-, abstracciones, garabatos sin sentido, y otras aristas de la desconcentración más perfecta.
Esa tarde, el bar estaba poco concurrido. Una pareja vomitaba miel en una mesa contigua, un señor de traje y corbata leía el periódico como si la vida le fuese en ello, un mozo con rostro abombado cabeceaba con el codo apoyado sobre la barra; y frente a mi, del otro lado del salón, un caballero que por su pulcritud me habría parecido totalmente desagradable en otras circunstancias, seguía de cerca la pantalla de su tablet, reflejada como dos astros cuadrados sobre el cristal de sus gafas.
Los minutos fueron pasando. Mis ojos buscaron los suyos pero en vano. Sea lo que sea que estaba mirando atraía por completo su atención. Me acomodé sobre la silla, hice ruidos innecesarios, atendí una llamada telefónica sólo para que él advirtiese mi voz...
Nada.
Pensé que si la telepatía era un hecho científico, no era yo quien podría confirmarlo esa tarde.
Esta escena duró alrededor de media hora. Cada minuto que transcurría me brindaba nuevos fastidios, nuevas decepciones. El hombre no me miraba, nadie, de hecho, parecía reparar en mi presencia.
Y esa indiferencia comenzó a excitarme...
Me puse de pie. El mozo soñoliento se abrió un ojo y siguió en lo suyo. Una mosca revoloteaba sobre su cabeza calva. Me dirigí hacia el baño, dando un rodeo al salón para pasar justo al lado del hombre con la tablet. Sentí mis caderas aflojarse, como anticipando algo, al avanzar hacia él. Pasé lentamente el dedo índice sobre su mesa, rocé su brazo y ascendí hasta su hombro. Luego me encaminé hacia el baño, segura de que ningún ser masculino del planeta sería indiferente ante esa invitación.
Lo esperé durante un minuto, dos...
En el espejo del baño de mujeres, empañado de vanidad, confirmé que era real, y que era deseable.
Tres minutos. Cuatro...
La demora me parecía inexcusable, y más teniendo en cuenta que era un insecto a quien aguardaba. A esa altura ya no me importaban los peligros, las amenazas, y ni siquiera la presencia de un hombre violento. Sólo quería verlo arrastrarse en el umbral.
Cinco minutos...
Pero nunca apareció.
Vencida, salí del baño. El hombre ya no estaba en su mesa. Sobre ella se veía un manojo de billetes arrugados y una taza de café que todavía humeaba.
Desperté al mozo y pagué lo mío.
Cuando salí a la calle vi al hombre de la tablet subiendo apresuradamente a un taxi, con la mirada desesperada, urgente, como si algo o alguien lo hubiese precipitado con una noticia trágica fuera de su realidad virtual.
Mejor para él.
Mientras volvía caminando a casa sonreí al imaginar el asombro del mozo calvo al hallar un cuchillo en el baño de mujeres.
Tratando de poner distancia con el alboroto de casa me recluí a estudiar en un bar. Creo que todos lo hemos hecho: encerrarnos en un lugar bullicioso, con ruidos que por distintos a los que normalmente oímos se nos vuelven imperceptibles.
El sofismo y la historia de la filosofía nunca fueron mis puntos fuertes, acedémicamente hablando, y a menudo se volvían disparadores de fantasías elaboradas -o no-, abstracciones, garabatos sin sentido, y otras aristas de la desconcentración más perfecta.
Esa tarde, el bar estaba poco concurrido. Una pareja vomitaba miel en una mesa contigua, un señor de traje y corbata leía el periódico como si la vida le fuese en ello, un mozo con rostro abombado cabeceaba con el codo apoyado sobre la barra; y frente a mi, del otro lado del salón, un caballero que por su pulcritud me habría parecido totalmente desagradable en otras circunstancias, seguía de cerca la pantalla de su tablet, reflejada como dos astros cuadrados sobre el cristal de sus gafas.
Los minutos fueron pasando. Mis ojos buscaron los suyos pero en vano. Sea lo que sea que estaba mirando atraía por completo su atención. Me acomodé sobre la silla, hice ruidos innecesarios, atendí una llamada telefónica sólo para que él advirtiese mi voz...
Nada.
Pensé que si la telepatía era un hecho científico, no era yo quien podría confirmarlo esa tarde.
Esta escena duró alrededor de media hora. Cada minuto que transcurría me brindaba nuevos fastidios, nuevas decepciones. El hombre no me miraba, nadie, de hecho, parecía reparar en mi presencia.
Y esa indiferencia comenzó a excitarme...
Me puse de pie. El mozo soñoliento se abrió un ojo y siguió en lo suyo. Una mosca revoloteaba sobre su cabeza calva. Me dirigí hacia el baño, dando un rodeo al salón para pasar justo al lado del hombre con la tablet. Sentí mis caderas aflojarse, como anticipando algo, al avanzar hacia él. Pasé lentamente el dedo índice sobre su mesa, rocé su brazo y ascendí hasta su hombro. Luego me encaminé hacia el baño, segura de que ningún ser masculino del planeta sería indiferente ante esa invitación.
Lo esperé durante un minuto, dos...
En el espejo del baño de mujeres, empañado de vanidad, confirmé que era real, y que era deseable.
Tres minutos. Cuatro...
La demora me parecía inexcusable, y más teniendo en cuenta que era un insecto a quien aguardaba. A esa altura ya no me importaban los peligros, las amenazas, y ni siquiera la presencia de un hombre violento. Sólo quería verlo arrastrarse en el umbral.
Cinco minutos...
Pero nunca apareció.
Vencida, salí del baño. El hombre ya no estaba en su mesa. Sobre ella se veía un manojo de billetes arrugados y una taza de café que todavía humeaba.
Desperté al mozo y pagué lo mío.
Cuando salí a la calle vi al hombre de la tablet subiendo apresuradamente a un taxi, con la mirada desesperada, urgente, como si algo o alguien lo hubiese precipitado con una noticia trágica fuera de su realidad virtual.
Mejor para él.
Mientras volvía caminando a casa sonreí al imaginar el asombro del mozo calvo al hallar un cuchillo en el baño de mujeres.
Atenea Helenaus.
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